Cómo dejar de sobrepensar
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A veces el día termina, pero nuestra mente no.
Apagamos las luces. Nos metemos en la cama. Cerramos los ojos.
Y entonces aparece ese pensamiento.
Algo que dijimos y ahora analizamos una y otra vez.
Una conversación que salió diferente de lo que esperábamos.
Una decisión que no sabemos si fue la correcta.
Algo que podría pasar mañana.
Y empezamos a darle vueltas.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Como si pensar un poco más pudiera ayudarnos a encontrar la respuesta que necesitamos.
Pero no siempre es así.
A veces, pensar más no nos acerca a una solución.
Solo nos mantiene atrapadas en el mismo lugar.
CUANDO PENSAR SE CONVIERTE EN DAR VUELTAS
Nuestra mente está diseñada para intentar comprender lo que ocurre y anticiparse a lo que puede ocurrir.
Cuando algo nos preocupa, es normal que busquemos respuestas.
El problema aparece cuando ese pensamiento deja de ser útil y se convierte en un bucle.
¿Y si hubiera hecho otra cosa?
¿Y si sale mal?
¿Por qué dije aquello?
¿Y si se enfada?
¿Y si mañana ocurre algo?
La misma pregunta puede aparecer una y otra vez sin que encontremos una respuesta diferente.
A esto lo llamamos rumiación, una forma de pensamiento repetitivo en la que nuestra mente vuelve constantemente sobre un problema, una situación o una preocupación, intentando encontrar una solución.
Y puede resultar agotador.
Porque aunque estemos sentadas en el sofá, nuestro cerebro sigue trabajando.
NO TODO LO QUE PENSAMOS NECESITA UNA RESPUESTA
Una de las cosas que más nos cuesta aprender es que no todos nuestros pensamientos necesitan ser resueltos.
Algunos pensamientos contienen información útil.
Otros son simplemente pensamientos.
Que aparezca en nuestra mente “¿y si algo sale mal?” no significa que vaya a suceder.
Que pensemos “quizás debería haber dicho otra cosa” no significa que hayamos hecho algo mal.
Y que sintamos preocupación no significa que tengamos que hacer algo inmediatamente.
A veces nuestra mente busca certeza en situaciones en las que la certeza simplemente no existe.
Y cuanto más intentamos conseguirla, más preguntas aparecen.
La calma no siempre llega cuando encontramos todas las respuestas.
A veces llega cuando aceptamos que algunas preguntas pueden quedarse sin respuesta por un tiempo.

¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO PARAR?
Porque pensar nos da una sensación de control.
Cuando algo nos preocupa, analizarlo puede hacernos sentir que estamos haciendo algo.
Como si seguir pensando fuera una manera de prepararnos.
Pero existe una diferencia importante entre pensar para encontrar una solución y pensar para intentar sentirnos seguras.
Si existe algo que puedes hacer, tiene sentido pensar en ello.
Puedes tomar una decisión.
Pedir ayuda.
Prepararte.
Hablar con alguien.
Dar un pequeño paso.
Pero cuando ya no hay nada más que puedas hacer en ese momento, seguir pensando probablemente no cambiará el resultado.
Solo aumentará tu cansancio.
5 FORMAS DE SALIR DEL BUCLE
No podemos evitar que nuestra mente piense.
Y tampoco necesitamos hacerlo.
El objetivo no es dejar la mente en blanco.
Es aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos.
1. Pon nombre a lo que está pasando
La próxima vez que notes que llevas un rato pensando en lo mismo, detente un momento.
En lugar de entrar directamente en el pensamiento, prueba a decir:
“Estoy preocupándome.”
“Estoy dándole vueltas a esto.”
“Mi mente está intentando encontrar una respuesta.”
Poner nombre a lo que sucede crea un pequeño espacio entre tú y el pensamiento.
Ya no eres “el problema”.
Estás observando lo que está ocurriendo en tu mente.
2. Pregúntate, ¿puedo hacer algo ahora?
Esta pregunta puede ayudarte a diferenciar la preocupación útil de la preocupación repetitiva.
¿Hay algo que pueda hacer ahora mismo?
Si la respuesta es sí, haz ese pequeño paso.
Si la respuesta es no, quizá el siguiente paso no sea pensar más.
Quizá sea descansar.
A veces, dejar una preocupación para mañana también es una forma de cuidarnos.
3. Escríbelo
Cuando un pensamiento permanece dando vueltas en nuestra cabeza, ponerlo sobre el papel puede ayudarnos a verlo desde otra perspectiva.
Coge una libreta y escribe:
¿Qué me preocupa?
Después:
¿Qué depende de mí?
Y finalmente:
¿Qué necesito aceptar que, por ahora, no depende de mí?
No necesitas encontrar una solución perfecta.
A veces escribir simplemente nos ayuda a ordenar el ruido.
4. Vuelve al presente
Cuando nuestra mente está atrapada en el pasado o intentando anticipar el futuro, nuestro cuerpo sigue aquí.
Puedes utilizar tus sentidos para volver al momento presente.
Observa cinco cosas que puedas ver.
Escucha tres sonidos.
Siente tus pies apoyados en el suelo.
Haz una respiración lenta.
Nota la temperatura del aire sobre tu piel.
No necesitas hacer nada extraordinario.
Solo recordarle a tu mente:
“Ahora mismo estoy aquí.”
5. Cambia la pregunta
A veces nos hacemos preguntas que alimentan todavía más la preocupación.
¿Y si sale mal?
¿Y si me equivoco?
¿Y si no soy capaz?
Prueba a cambiar la pregunta.
En lugar de:
“¿Y si no puedo?”
pregúntate:
“¿Qué puedo hacer si ocurre?”
En lugar de:
“¿Y si me equivoco?”
prueba:
“¿Podría afrontar equivocarme?”
Y en lugar de:
“¿Cómo puedo asegurarme de que todo salga bien?”
pregúntate:
“¿Cómo puedo cuidar de mí, independientemente de lo que ocurra?”
No siempre podemos controlar lo que sucede.
Pero podemos aprender a confiar un poco más en nuestra capacidad para afrontarlo.
UNA PEQUEÑA PRÁCTICA
La próxima vez que notes que tu mente está dando vueltas a lo mismo, regálate cinco minutos.
Coge tu diario y escribe:
Esto es lo que me preocupa:
...
Lo que sí está en mis manos:
...
Lo que no puedo controlar:
...
El pequeño paso que puedo dar hoy:
...
Y aquello que voy a permitirme dejar para mañana:
...
Después, cierra el diario.
Respira.
Y vuelve a tu día.
No necesitas resolver toda tu vida esta noche.
NO TODO NECESITA SER RESULTO AHORA
Vivimos en un mundo que nos invita constantemente a anticiparnos, planificar y tener respuestas.
Pero hay momentos en los que la mejor respuesta no es pensar más.
Es parar.
Descansar.
Respirar.
Dejar que una pregunta permanezca abierta.
Confiar en que mañana tendremos más información, más perspectiva o simplemente más energía para afrontarla.
Porque la calma no significa que nuestra mente deje de pensar.
Significa aprender que no tenemos que seguir cada pensamiento hasta el final.
Algunos pensamientos pueden pasar.
Algunas preguntas pueden esperar.
Y algunas cosas, sencillamente, necesitan tiempo.
Quizás no se trata de conseguir que tu mente se quede en silencio.
Quizás se trata de aprender a no creer que tienes que escuchar cada cosa que dice.

Abrazos,
Patricia P.